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Comienza el viaje

¡Gracias por estar aquí!

Esta soy, de aquí vengo, y a través de mis letras veo y entiendo mi realidad. Bienvenidos.

La buena compañía en una travesía hace que el camino parezca más corto. — Izaak Walton

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Dejando ir…

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Despedirse.

Palabra que involucra tantas y tantas cosas. Darte cuenta que las personas se van. Dejarlas ir.

Todos, en algún momento, hemos tenido que dar el paso, enfrentar las consecuencias de crecer, de madurar.

Percatarnos de que el tiempo ha llegado, y es cuando nos sentimos más vulnerables, más pequeños, y buscamos su protección.

Haber crecido de la mano de alguien, tener una figura que te guía. Quien siempre estuvo a tu lado, en lo bueno y en lo malo. Y de quien aprendiste la manera y los valores con los que quieres vivir.

La creencia de que permanecerán junto a nosotros por siempre.

Bendiciones que damos por sentado y que nadie nos prepara para el momento de dejar ir.

Difícil… muy difícil es ver cómo se va apagando la vida como una vela.

Y estar atestiguando cada paso, cada etapa… es más difícil aún.

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Congruencia

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Yo no sé por qué, cuando se trata de amistad, de sentimientos, de compartir, los seres humanos somos tan contradictorios. Afirmamos sentir y tener un lazo inquebrantable con alguien, pregonamos por todos lados nuestra ‘amistad’… y realmente no entendemos el significado.

Hay quienes se ocupan de hacer que los demás vean sus cualidades, su integridad, sus principios. Y son los primeros en criticar a quien nos lastima, a quien nos daña de alguna manera.

Sentimos entonces que hemos encontrado a alguien que nos respeta, nos defiende, está para nosotros, le interesa nuestro bienestar. Y nos abrimos, confiamos, entramos al juego y nos sentimos en libertad.

¿Y a la hora de dar? ¿A la hora de responder?

Pocos… muy pocos lo entienden y lo hacen. Actuar y no decir. Estar y no pregonar.

¿Por qué pedimos y no damos?

¿Por qué sentimos que ser amigos nos da el poder de preguntar, de inmiscuirnos en la vida del otro y asumir? Decimos lo que pensamos, y decidimos qué debe hacer el otro, basados en nuestras propias creencias. Y no nos ocupamos de ver lo que necesita esa persona, lo que está pidiendo, lo que quiere o siente que puede hacer.

No correspondemos. Es unilateral.

Hay quienes se llaman amigos por siempre… y solamente son amigos entre semana. De cuando su conveniencia les acomoda más.

Y a veces, esa falta de lealtad, de permanencia, de presencia, nos hiere mucho más. La ausencia y el silencio. La incongruencia entre hablar, ser y estar.

¿Amigos?

Pocos y buenos.

Y a agradecer.

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Gracias

En la soledad de la noche vino tu recuerdo. Uno tras otro, los momentos que vivimos se agolparon en mi mente y mi corazón. Te confieso que sentí un tremendo impulso de buscarte, rompiendo todo esquema, pero no tiene caso, no hay para qué hablar de algo que no sucederá. Todavía recurro a querer expresarte todo con mis letras, pero hoy se trata de poner un punto final.

Es mi alma la que está dejando salir estas palabras, que probablemente nunca leas, o que al menos, que ya no voy a hacer que lleguen a ti.

Pero no, soy más fuerte que un impulso, mi razonamiento tiene que ganarle al sentimiento, y en eso estriba precisamente mi reconstrucción.

Hoy me queda claro que fuiste quien renunció a nuestras promesas, cambiaste de prioridades, y caminaste hacia otro lado, soltando todo lo que prometiste y que pediste encarecidamente, y muchas veces, no hacer.

Me di completa y sin reservas, me entregué con el alma a un sueño, que ya terminó.

El dolor fue mucho y muy intenso, sentí cómo se me desgarró el alma y mi corazón quedó en pedazos, pero fue más difícil entender que todo ese sufrimiento vino al haberme enamorado de alguien que no existe, fuiste la hermosa, dulce y cruel creación de mi mente y de mi corazón.

El tiempo juntos fue como un sueño. Del cual me hiciste despertar. Me hiciste entender quién eres, y hoy elijo no permanecer en esa senda que emprendimos, y que abandonaste sin más.

Así, a mi tiempo, en mi momento.

Realmente pienso que no había necesidad de crear tanta incertidumbre, habiendo construido un muro de silencio cuando con palabras pudiste haber dejado las cosas en paz.

Por momentos ya no quiero hablar de ello, es volver a remover las heridas y sentir de nuevo el dolor. El tiempo me ha ayudado sin duda a que la intensidad del sentimiento sea cada vez menor, cada vez más lejana. Y sin necesidad de requerir tus palabras, que nunca llegarán, he comenzado a entender. He comenzado a sanar.

Hoy es mi momento de dar gracias. Por todo. Lo bueno y lo malo. Lo vivido y lo esperado. Lo creado y lo planeado.

Debo hacerlo por y para mí, porque debo cerrar y emprender mi vuelo.

Me di la oportunidad de amar, de experimentar sensaciones y momentos nuevos, de aventurarme en un camino desconocido que me hizo sentir en el cielo, pero la caída y la vuelta a la realidad han sido un fuerte golpe del que poco a poco, me estoy recuperando.

Que haya mucha luz en tu camino, que encuentres lo que buscas. Que logres definir realmente tus sueños y que tengas el valor de hacerlos realidad.

Gracias…al final.

T.

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Y un día…

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Hace un tiempo, una paloma se detuvo en un paraje hermoso y pacífico. Su belleza y tranquilidad la hicieron quedarse y comenzar a construir su nido en ese paraíso. Era bello, luminoso y le despertaba sensaciones y sentimientos que no recordaba que existieran. Todo era lindo, daba y recibía, y poco a poco, empezó a pensar en permanecer, en quedarse ahí y en dar y hacer todo lo que estaba a su alcance para que su nido fuera el más lindo, el más acogedor, el más hermoso. Era feliz.

Volaba por el cielo, y regresaba alegre al nido, sabiendo que era esperada, amada, que estaba en su sitio.

Sin embargo, el gusto le duró muy poco. De pronto el cielo se oscureció, comenzaron a soplar fuertes vientos, y empezó a temer.

Ese ya no era el sitio hermoso y bello en el que pensó que permanecería por siempre. Las tormentas la amenazaban, y no hallaba más su lugar seguro, su paz.

Por más que buscaba, no encontraba refugio, todo era desolación, temor, incertidumbre. La paloma estaba devastada, no daba crédito a la situación, no entendía qué había sucedido y no podía encontrar más esa belleza.

Comenzó a volar con problemas, sin fuerza, ya no sabía hacia dónde se dirigía. Su hermoso nido estaba solitario, destruido. Sentía una desesperación inusitada, no veía ya esa luz, no sentía la seguridad.

El sentimiento de bienestar, de alegría, se había transformado en temor, en inseguridad, en oscuridad. Algo había cambiado, se terminó la belleza y quedó solamente un vacío que no alcanzaba a entender, que no podía remediar por más que lo intentaba.

La desolación de la paloma me hace pensar en algunas personas que no tienen conciencia de daño, van por la vida y se detienen tan solo un instante junto a otros, iluminan su existencia y crean ilusiones y momentos bellos, pero en realidad, solamente piensan en ellos, y no se responsabilizan por el daño o el dolor que le pueden causar a los demás.

De pronto… se van hacia otro lado. Se retiran sin explicación, se repliegan y desaparecen.

Esa etapa está llena de dolor, de interrogantes y de respuestas derivadas de conjeturas, no de hechos. Pero es la única manera en la que pudo volver a comenzar. Y de cierta manera, es lo único que volvió a encaminar su rumbo.

La paloma tuvo que asumir que ese ya no era su sitio, y tuvo que moverse a construir su nido en otro paraje. No tiene otro remedio, pues de ella depende su propio bienestar y debe comenzar una vez más.

Tuvo que irse de ese nido, para cuidarse. Alejarse completamente para protegerse. Y sobre todo… cerrar puertas por doloroso que fuera. Tuvo que cuidarse y volverse a enfocar.

Amanece un día cualquiera. Las cosas caminan conforme a la nueva rutina.

Y de pronto algo rompe la armonía. Algo impensable sucede, y el orden se vuelve desorden. El dolor resurge y no se sabe cómo actuar. Responde movida por el dolor, con incredulidad y mucha confusión.

La paloma se detiene. Respira. Asume. Cierra.

Y sólo entonces… la paloma comienza a sanar.
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Dar vuelta a la página

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Siempre es reconfortante y da vida al alma saber que contamos con amigos no solamente en las alegrías, sino sobre todo en nuestro dolor. Poder hablar, soltar, expresar, analizar, tratar de resolver juntos es un bálsamo que ayuda a cualquiera a sostenerse en los momentos de incertidumbre y penas.

Y como todo… aprendes a ver quién se cansa y se aleja, se repliega y sigue su camino, porque ya estuvo, jugó su papel en este juego de la vida… y se fue a lo suyo.

Cuando pasamos por una mala racha, cuando sufrimos alguna pérdida o tenemos una gran desilusión, resulta fácil acompañar y escuchar a quien nos necesita. Pero como seres humanos, queremos avanzar, seguir adelante, no pararnos en ese sitio con tanto dolor.

Y que no se entienda mal. Es la naturaleza humana, ayudar, apoyar, y seguir.

Y sin embargo… para quien atraviesa ese camino de dolor… a veces no es tan sencillo avanzar, dar la vuelta a la página y seguir. Porque cada persona es distinta, para algunos es un mecanismo de defensa, cerrar el capítulo y avanzar. Pero para otros… es el inicio de una espiral de dolor, y se requiere tiempo y paciencia para dar el primer paso que comience el proceso de sanar, de recuperarse.

Habemos quienes tardamos más en procesar el dolor, sobre todo si es muy grande, si hay factores inesperados, si hay incertidumbre. Y si involucra al corazón.

El alma se debate entre la conciencia y el dolor, entre seguir y avanzar. Entre albergar esperanzas… y aceptar la realidad. Ver las ilusiones rotas, saber que esa parte del camino llegó a su fin, es tarea dolorosa y difícil para algunos. Y nos toma mucho más tiempo del que otros esperarían.

Pero así somos a veces. Necios, tercos, negados a la aceptación.

Quien se queda… es tu gente. Quien te acompañará hacia adelante. Quien quiere permanecer y estar.

Y se agradece. Eternamente.

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Eres mucha mujer

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Eres mucha mujer. Eres un mujerón. Eres muy fuerte.

Cuántas veces he escuchado esas frases, y he sentido sus efectos.

Sí, porque al parecer, esa es la receta para la soledad, es la que asusta, la que amenaza, da pie al abandono y termina con muchas cosas.

Ser independiente, entregada, trabajadora, responsable… los ingredientes de esa receta. Y a muchos asustan.

Yo me pregunto si en principio es lo que atrae… en qué punto cambian las cosas y se vuelve una amenaza para el ego, para la relación en sí. Finalmente, todos buscamos protección, seguridad, presencia, cobijo. Y a todos nos gusta saber que alguien se preocupa por nosotros, que somos importantes para alguien más.

Y cuando las cosas se ponen difíciles….

Tú puedes, tienes que ser fuerte, sabes cómo levantarte, estarás bien… las instrucciones para la receta.

Como si uno tuviera un botón de encendido y apagado. Como si fuera tan sencillo apagar los sentimientos, las ilusiones y las esperanzas.

No es fácil levantarse después de una gran desilusión, retomar el camino y volver a él después de haber convivido, interactuado y compartido sentimientos y momentos. Y menos cuando es de forma abrupta, sin explicaciones y sin cerrar las cosas.

No es imposible. Y está en nuestra naturaleza. Pero duele. Y duele mucho. Y ese dolor no se va con el tiempo. Se internaliza y se vive con él. Se va colocando dentro del cajón, y con el tiempo dejamos de abrirlo para mirarlo. Hasta que dejamos de verlo.

Pero para llegar a eso… habemos quienes necesitamos hablarlo hasta el cansancio, repetir las escenas una y otra vez buscando respuestas, aprendiendo de lo vivido, sacarlo de una manera o de otra de nuestro sistema… para poder, entonces sí… empezar a sanar.
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Silencio

Cuántas veces hemos escuchado palabras que nos hacen vibrar, que nos llenan el alma… y que finalmente resultan ser las que nos dan el golpe final.

‘No me sueltes nunca’. Y precisamente quien tantas veces lo pidió… fue quien la soltó primero. En medio de un silencio que solamente fue creando incertidumbre y temor ante lo que venía.

Porque para ese momento, ella estaba completamente entregada y dedicada a construir lo que consideraba era su presente y su futuro.

Toda precaución había cedido. Toda la protección y el blindaje de su corazón fueron cayendo ante las palabras y las acciones, ante los momentos y las emociones. Y cuando se abrió completamente, cuando entregó toda la fuerza de su corazón, cuando confiaba… vino la estocada. Dura, fría y solitaria.

Admirar a una persona es la base de una relación. Al conocerlo, ella sintió profunda admiración, y tras muchas lágrimas derramadas y al llegar un poco de calma… se dio cuenta que esa admiración ya no estaba más. No podía recordar qué la hizo admirarlo en primera instancia. Ya no había nada que admirar, ahora todo era desilusión y dolor. No se puede admirar a quien la ha lastimado tan profundamente, quien habiendo tocado las fibras más íntimas de su ser… la dejara sumida en un aterrador silencio. Él traicionó su confianza. Terminó con toda admiración. Le atacó con lo que ella más temía, y que había tenido el valor de decírselo, sin pensar que usaría precisamente sus peores miedos para dejarla caer, para soltarla, alejarse y no volver atrás.

Ella todavía no deja de cuestionarse, de preguntar, de tratar de entender. Pero no hay gran cosa que saber. 

Sencillamente… miedo. Miedo que le ganó a él; no quiso luchar, no supo enfrentar las cosas. Y optó por el camino más fácil, la salida más vil y ruin: el silencio.

Ahora ella empieza a creer haber visto un hombre que no existía, haberse enamorado de alguien que quiso ver. No de quien realmente era: un ser inseguro, temeroso, incapaz de luchar por lo que desea y ama. Incapaz de darle un sitio a su lado. Incapaz de luchar por lo que él mismo prometió y pidió en incontables ocasiones.

Hoy ella se enfrenta a sí misma y tiene que encontrar las piezas que se han roto, para reconstruirse y encontrar la manera de seguir. Hoy entiende que sus caminos se juntaron por un instante, tan distintos uno del otro. Pero que es tiempo de dejar de mirarlos. No quiere hacerlo, le cuesta mucho dolor entenderlo, le lastima, le carcome el alma: aceptar que ese camino llegó a su final.

Hoy entiende… que esa llamada o ese mensaje no llegarán.Le espera un largo camino, pero ya comenzó a caminar.

Ella debe volver a encontrar su fuerza y su motor. Por ella y para ella. Porque así es su vida. Debe volver a sonreír… a través de las lágrimas y a pesar de su dolor.